Mi amigo Vladimir

—Recuerden que mañana es el día que saldremos a hacer nuestra visita al jardín botánico— dice el maestro, mientras les da el último besito de despedida a los pequeños de su clase.

—Revisen que lleven engrapado el permiso para sus padres en el suéter. Uno a uno, todos los niños van repitiendo: —¡Ya llevo el permiso, maestro!

, está muy entusiasmada por el paseo de mañana. Si nadie se da cuenta, es posible que pueda esconder en su lonchera una flor rara y diferente para llevarle a su piedra Tony cuando vayan de regreso a casa. Yesil está esperando fuera del colegio para recoger a su hija del colegio. Como frecuentemente sucede, empieza a sentir un gran cansancio y un dolor profundo en su cuerpito. Camina despacito. Yesil se da cuenta que hoy es uno de eso días…..

—¡Alena! ¿A dónde van a ir mañana con el maestro?— miente por su pregunta Yesil, al tiempo que le da un gran abrazo y beso a la niña.

—Iremos al jardín botánico. Es un lugar donde viven muchas plantas y flores diferentes. Tiene grandes vidrios de colores para que las plantitas vivan muy felices— repite Alena desganada y textualmente la frase del maestro. Yesil saca de su bolso un poco del jarabe para el dolor, se lo da a Alena mientras caminan lentamente hacia la parada del camión. La pequeña siente que le pesan los párpados. De pronto, se escucha una música muy alegre, acompañada de un tambor que la hace abrir sus grandes ojos. Un pequeño niño que parece muy feliz se acerca a ella y le sonríe.

—Un señor gordito, muy coloradito, no toma café, siempre toma té, ¿qué es?— pregunta casi cantando, y sin esperar la respuesta se echa a reír.

—¡El tomate! —contesta él mismo y se sigue riendo. Alena lo observa y unos minutos después está riéndose también. Ahora es el turno de Alena. Papá le ha contado muchos chistes muy graciosos que puede compartir.

—¿Cuál es la planta que camina? Pues la de los pies —cuenta Alena con gran desenfado. Ahora los dos niños ríen a carcajadas.

—¿Por qué la naranja no tiene cuernos? Porque sería TOROnja.

Y como si el tiempo no existiera, entre chistes y adivinanzas, Alena y el desconocido recorren el trayecto que los llevará respectivamente a sus respectivos hogares. Más tarde en casa, cuando papá llega de su trabajo, sube a la habitación de Alena que lo espera en su camita.

—¿Así que mañana irás a ver flores, verdad?— pregunta amorosamente papá, mientras la abraza y la besa. Como ignorando la pregunta, Alena le pide a papá que le cuente la rima de cada noche. Mikel sonríe, le guiña un ojo a su esposa que los mira, y al ritmo de chasquidos de sus dedos, recita mientras Alena se une a él:

—Tengo un amigo que es Vladimir,
su nombre aún no puede escribir y
algunas noches no puede dormir;

siente cansancio y mucho dolor,
pero su papi es buen cuidador y
juega con él con mucho amor;

mi amigo sabe que mucha risa
le borra el dolor pero si deprisa y
lo hace dormir con una sonrisa.

—Le conté a Vladimir los chistes que me enseñas— le dice Alena a papá con una gran sonrisa.

—¿Conoces a mi amigo Vladimir?— pregunta Mikel, mientras cuestiona con los ojos a Yesil. Ésta levanta los hombros sin saber de qué habla Alena.

—Sí, es chistoso y toca un tambor. Nos estábamos riendo. Si lo veo otra vez tengo que decirle más chistes.